¿CÓMO SE ESCRIBE UN POEMA?: J. L. BORGES (Argentina,1899-1986)

No soy poseedor de una estética. El tiempo me ha enseñado algunas astucias: eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias; eludir hispanismos, argentinismos, arcaísmos y neologismos; preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas; intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector; simular pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa la memoria no lo es; narrar los hechos (esto lo aprendí en Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo; recordar que las normas anteriores no son obligaciones y que el tiempo Se encargará de- abolirías. Tales astucias o hábitos no configuran ciertamente una estética. Por lo demás, descreo de las estéticas. En general no pasan de ser abstracciones inútiles; varían para cada escritor y aun para cada texto y no pueden ser otra cosa que estímulos o instrumentos ocasionales.

(…) Un volumen, en sí, no es un hecho estético, es un objeto físico entre otros; el hecho estético sólo puede ocurrir cuando lo escriben o lo leen. Es común afirmar que el verso libre no es otra cosa que un simulacro tipográfico; pienso que en esa afirmación acecha un error. Más allá de su ritmo, la forma tipográfica del versículo sirve para anunciar al lector que la emoción poética, no la información o el razonamiento, es lo que está esperándolo. Yo anhelé alguna vez la vasta respiración de los psalmos o de Walt Whitman; al cabo de los años compruebo, no sin melancolía, que me he limitado a alternar algunos metros clásicos: el alejandrino, el endecasílabo, el heptasílabo.

En alguna milonga he intentado imitar, respetuosamente, el florido coraje de Ascasubi y de las coplas de los barrios.

La poesía no es menos misteriosa que los otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu; sólo los errores son nuestros. Espero que el lector descubra en mis páginas algo que pueda merecer su memoria; en este mundo la belleza es común.

              Buenos Aires, 24 de junio de 1969.

LAS COSAS

El bastón, las monedas, el llavero,
La dócil cerradura, las tardías
Notas que no leerán los pocos días
Que me quedan, los naipes y el tablero,

Un libro y en sus páginas la ajada
Violeta, monumento de una tarde
Sin duda inolvidable y ya olvidada,
El rojo espejo occidental en que arde

Una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
Limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
Nos sirven como tácitos esclavos,
Ciegas y extrañamente sigilosas

Durarán más allá de nuestro olvido;
No sabrán nunca que nos hemos ido.

 (Del libro Elogio de las Sombras (1969), de J. L. Borges)

PROPUESTA DE TRABAJO: ADJETIVACIÓN CREATIVA

La escritura automática es el proceso o resultado de la escritura que no proviene de los pensamientos conscientes de quien escribe. Es una forma de hacer que aflore el subconsciente.

Su propósito es vencer la censura que se ejerce sobre el inconsciente, merced a unos actos creativos no programados y sin sentido inmediato para la consciencia, que escapan a la voluntad del autor.

Desde el punto de vista literario, se trata de un método defendido y usado principalmente por André Breton y los surrealistas, en la primera mitad del siglo XX.

Mediante la escritura automática podemos descubrir significados nuevos en las palabras.

Para ponerlo en práctica:

  • ·         Elige diez sustantivos de un poema, por ejemplo la Elegía a Ramón Sigé, de Miguel Hernández, y escríbelos en una columna. Añade en otra columna a la derecha un adjetivo diferente para cada uno de los sustantivos anteriormente escritos.
  • ·        Asocia después los sustantivos con los adjetivos, pero en orden inverso. Encontrarás resultados sorprendentes a los que encontrarás significados poéticos.
  • ·        Subraya las asociaciones más sugerentes y escribe un poema donde las incluyas.

Los poetas son capaces de hacer de forma natural este proceso. ¿Cómo explicar si no, en la citada Elegía de Miguel Hernández, expresiones como: desalentadas amapolas, hachazo invisible, golpe helado, rastrojos de difuntos, muerte enamorada, tormenta sedienta, alma colmenera, ceras angelicales, almendras espumosas, voz avariciosa, almas aladas, almendro de nata?

Repasa tus poemas preferidos y verás cómo en ellos encontrarás esta forma de lenguaje.

LOS POETAS: MIGUEL HERNÁNDEZ

Miguel Hernández (Orihuela,1910 – Alicante, 1942) Hijo de campesinos, desempeñó entre otros oficios, el de pastor de cabras. Guiado por su amigo Ramón Sijé, se inició en la poesía desde los veinte años; publicó su primer libro «Perito en lunas» en 1933 y posteriormente, los sonetos agrupados en «El rayo que no cesa», marcaron la experiencia amorosa del poeta.

Durante la guerra civil militó muy activamente en el bando republicano como Comisario de Cultura. Publica ” Viento del Pueblo”. Al acabar la guerra es encarcelado y condenado a muerte, aunque se la conmutan. Enfermo en la cárcel, escribió su última obra, “Cancionero y romancero de ausencias”.

 1
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

2

Elegía a Ramón Sijé

               (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como el rayo, Ramón Sijé,
con quien tanto quería.)
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

 

3

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.
4

Tus ojos se me van
de mis ojos y vuelven
después de recorrer
un páramo de ausentes.

Tu boca se me marcha
de mi boca y regresa
con varios besos muertos
que aún baten, que aún quisieran.

Tus brazos se desploman
en mis brazos y ascienden
retrocediendo ante esa
desolación que sientes.

 

5

Canción del esposo soldado

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hasta mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos,
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

 

6

Cartas

El palomar de las cartas
abre su imposible vuelo
desde las trémulas mesas
donde se apoya el recuerdo,
la gravedad de la ausencia,
el corazón, el silencio.
Oigo un latido de cartas
navegando hacia su centro.
Donde voy, con las mujeres
y con los hombres me encuentro,
malheridos por la ausencia,
desgastados por el tiempo.
Cartas, relaciones, cartas:
tarjetas postales, sueños,
fragmentos de la ternura,
proyectados en el cielo,
lanzados de sangre a sangre
y de deseo a deseo.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.

¿CÓMO SE ESCRIBE UN POEMA?: LORENZO GOMIS

Siempre he escrito los versos a rachas, a veces espaciadas. Lo primero es sentirme descargado del peso del trabajo y las obligaciones inmediatas. Así las vacaciones son más propicias que el resto del año, el domingo más que el resto de la semana, el campo más que la ciudad. No tener nada especial que hacer suele ser la condición previa. La contemplación aparece cuando la acción no urge.

No basta, sin embargo, no tener nada que hacer. Hay otra serie de condiciones difíciles de percibir, pero que suelen darse. La distracción es una. El primer verso, se ha dicho muchas veces, suele venir, no se sabe de dónde, inesperadamente. El primer verso da ya el tono y el ritmo, y a menudo el tema. No siempre el primer verso es seguido de otros. A Antonio Machado le encontraron al morir un primer verso huérfano y perdido en el bolsillo. Pero si el primer verso coincide con una música callada, inaudible pero presente, y la imaginación se pone a trabajar sobre una cosa interesante, el poema se está haciendo. La sensación es que se hace solo, y que sólo hay que vigilar, como la cocinera vigila la olla o el pastor vigila el rebaño. A veces la inteligencia interviene discretamente para poner orden en el juego (tiene mucho de juego).

El poema se hace con palabras, no con ideas, ya se sabe. Pero las palabras se combinan al calor de una experiencia, actual, reciente o recordada, real o fingida. La experiencia es como la instancia que pide respuesta. En el poema que pongo más abajo (es de Los restos de Ampurias, escrito en los años sesenta), la experiencia es esta tan común de mirarse en el espejo y verse otro, probablemente algo más viejo. El poema consiste en no tomar esto como una reflexión, sino como una realidad, en serio. El que aparece en el espejo es realmente otro y no sabe uno quién es ni qué hace. El episodio familiar se ha vuelto extraño. El primer verso, el llegado de repente –“A veces pienso que algo se prepara”- no da el tema, sino el tono de extrañeza, de suspicacia, de alarma, que introduce la historia. La historia –casi instantánea, más descripción que narración- adopta la forma de soneto (*). Las repeticiones de sonidos hacen más misterioso e inevitable el sentido. El humor discurre acorde con el temperamento del autor, requisito recomendable para la autenticidad del producto y un poco sello de la casa. El rasgo irónico final es un aviso al lector para que se ría de la inconsciencia del hombre que se mira al espejo.

El título suele ponerse después. Está fuera de la obra. En este caso, lo que anuncia es el tema. No forma parte del poema, sino que lo presenta.

LA EDAD

A veces pienso que algo se prepara.
Cada mañana veo en el espejo
un hombre que me mira, un hombre viejo,
un viejo que me mira cara a cara.

No le conozco, pero –cosa rara-
me mira con sonrisa de conejo
y me coge el cepillo, si le dejo,
y se afeita en mis barbas, y no para.

Y no para y no para de imitarme.
No sé si es un actor o es un abuelo,
un viejo actor que estudia bien mis gestos

o un abuelo que viene a consolarme.
Es más viejo que yo, ya es un consuelo,
mi compañero de los ratos estos.

LORENZO GOMIS (Barcelona, 1924 – 2005)

Del libro Cómo hacer un poema, Editorial PRE-TEXTOS (2002)

(*) soneto. (Del it. sonetto, y este del lat. sonus, sonido). 1. m. Composición poética que consta de catorce versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos. En cada uno de los cuartetos riman, por regla general, el primer verso con el cuarto y el segundo con el tercero, y en ambos deben ser unas mismas las consonancias. En los tercetos pueden ir estas ordenadas de distintas maneras. (Diccionario de la RAE)

SE HACE CAMINO AL ANDAR

Lo dijo Don Antonio Machado y creo que sabía de poesía.

Queremos hacer el camino de la poesía, por eso nos ponemos en marcha.

VIAJE A ÍTACA
Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

C. P. Cavafis. Antología poética. Alianza Editorial, Madrid 1999. Edición y traducción, Pedro Bádenas de la Peña

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  • Días: Las reuniones del Taller serán los primeros viernes de mes, hasta junio.
  • Hora: de 10 a 10´30 de la mañana
  • Lugar: Biblioteca del CEPA “Río Sorbe” de Guadalajara